Recuerdos de Gustavo Patiño
26/06/2011 - Carlos Van Lerberghe

Gustavo Patiño y el equipo del 76
Recordemos una final de Argentina-Brasil de otro tiempo. Una final inesperada para una época, en la que Brasil se cansaba de acumular títulos, y Argentina no era considerada como un rival de cuidado.
Nos referimos a la final del XIXº Campeonato Sudamericano, disputado en la ciudad de Montevideo en 1976. Una final muy especial para el tenis de mesa argentino, por varios motivos: porque llegó con un equipo equilibrado, experimentado, y también con un toque juvenil; porque ese equipo jugó en un excelente nivel, llegando a la final sin perder un solo partido; porque en la zona le ganó a Brasil, y aunque la mayoría le restaba importancia a un triunfo de etapa clasificatoria, los brasileños quedaron furiosos con la derrota; y porque en ese torneo se produjo el debut internacional entre los mayores, de un joven jugador: Gustavo Patiño, quien además de llamar la atención por su concentración, simpleza y eficacia, comenzaba a transformarse en uno de los más grandes jugadores argentinos de todos los tiempos.
Era un equipo que contaba con la experiencia y calidad de Alfredo Meyer, Daniel Gebert, Eduardo Benitez y Alberto Lipinszki, quienes si bien no atravesaban el mejor momento de sus notables carreras deportivas, en ese Sudamericano de largas jornadas, tuvieron un desempeño notable, que les permitió colocarse frente a frente con Brasil, en aquella memorable final.
Si bien la previa había sido muy buena para Argentina, Brasil era el candidato de fierro para ese partido final. En un juego de apuestas, el favoritismo era absoluto, y sus figuras: Aristídes y Medina de prestigio mundial, y el multi-campeón Tetuo Inokuchi, lo justificaban plenamente.
Los partidos de entonces se jugaban con tres jugadores por bando, que iban enfrentándose alternadamente, hasta que un equipo conseguía cinco juegos, y allí el partido concluía. Todos los juegos eran individuales, al mejor de tres sets de veintiún puntos, y el saque cambiaba cada cinco.
Y todo estaba listo para que Benitez, número uno de la escuadra nacional, Lipinszki el dos y Patiño el tres, saltaran al ruedo, a enfrentar a un rival de cuernos muy filosos. Y así lo hicieron, iniciando un partido que atraparía a los que espectadores que esa tarde-noche colmaban el estadio montevideano.
Benitez y Lipinszki maravillaron. Alcanzaron colosales 2-1 en sus tableros personales, mientras que Patiño, que había empezado muy presionado, seguramente por el peso del gran desafío, estaba 0-2.
El resultado era 4 a 4. Y para el encuentro definitorio, Brasil tenía su as: Manoel Medina.
Argentina debía recurrir obligadamente, a su última carta: Gustavo Patiño.
Y una vez más, todo estaba del lado de Brasil: experiencia y resultados. Pero detengamos un momento ese último partido, y aprovechemos para darle algunas fichas merecidas a Gustavo Patiño:
Titular del equipo mayor con edad juvenil. Cinco campeonatos sudamericanos ganados en menores. Tres años antes en China, era el mejor no asiático entre los de su edad, en un torneo de más de ochenta países. Un par de meses antes del Sudamericano, había ganado su primer campeonato nacional de mayores.
Se le podía ganar a Patiño, el 0-2 de esa jornada lo demostraba. Pero, ya por entonces, se afirmaba que era casi imposible evitar que Patiño no impactara una pelota luego de que esta picara en su campo. Su posición frente a la mesa, concentración y reflejos parecían insuperables.
Y ahí estaban. la experimentada calidad de Medina, y del otro lado, la concentración casi obsesiva de Patiño, que por ejemplo, no perdía detalle de la pelota, ni cuando era retenida, entre puntos, por la mano de su rival.
En el primer set, de apretado final, Patiño sorprende y vence al brasileño. En el descanso, el técnico de Brasil habla muy seriamente con su jugador, y este, sale resuelto a atacar muy duro al argentino, imponiéndose con claridad en el segundo capítulo.
El banco argentino asiste en la pausa al ahora vapuleado chico de Caballito, tratando de darle toda la confianza, pero en el último set , el ataque de Medina continua implacable, casi aplastante. Todo parece precipitarse a un rápido desenlace de marcador concluyente, y de pronto la escena se paraliza:
Patiño está muy serio, parece tenso, pero su pulso es firme. La palma de su mano izquierda sostiene la pelota, con sus ojos clavados en ella, y preparado para el saque, el público está en silencio, pero un silencio que amenaza romperse en cualquier momento. La voz metálica y fatídica del arbitro anuncia:
- Diesiseis, veinte.
En el banco argentino se contiene la respiración, en el brasileño todo es distensión y sonrisas, y en las tribunas, aunque silenciosamente, la torcida se prepara para festejar un nuevo campeonato.
Un nuevo ataque del brasileño, tan furioso como los anteriores se estrella en el bloqueo de Patiño. Y son tres los impactos de ataque devueltos por el argentino a milímetros de cada pique, antes de que el arbitro sentencie:
- Diesiciete, veinte.
Y se juegan cinco puntos más. Con ataques planos, todavía más terribles que los anteriores, y bloqueos aún más espectaculares. Y efectos, contraefectos, tops, y contratops, y mucha fuerza y talento, sangre fría y corazón caliente.
Nadie parece entender bien lo que pasó. Pero jugadores, técnicos y dirigentes argentinos que voltearon las vallas, no paran de lanzar al aire a ese chico argentino de 16 años recien cumplidos, que ganó los últimos seis puntos contra Brasil, permitiendo que Argentina gritara más fuerte que nunca frente al gigante de Sudamérica.
Un dirigente que no para de saltar, termina abrazando a un ordenanza uruguayo, que sonríe y lo mira sorprendido. "Ganó Gustavo viejo, le ganamos dos veces a los brasileros..!" El festejo es interminable.
Gustavo Miguel Patiño siguió creciendo, también como jugador. En el Mundial de Japón 1983, luego de imponerse en las rondas de clasificación, entró al cuadro principal, y se ubicó entre los mejores 64 jugadores del mundo.
En 1984, preparándose para el Sudamericano de Buenos Aires, alcanzaba su mejor nivel, pero en la exhibición de apertura del Campeonato Argentino de Tucumán de ese año, no pudo con un súbito e inesperado top que le tiró su corazón. Murió allí, tenía 24 años.
Foto extraida de la cuenta pùblica de Facebook de Carlos Van Lerberghe.
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